Pueblos abandonados de Tierra de Sepúlveda

Datos de la ruta

  • Zona: Villa y Tierra de Sepúlveda.
  • Duración: 2 días.
  • Tipo de recorrido: circular.
  • Tipo de firme: Pistas en buen estado y carreteras secundarias. Algún tramo corto de sendero.

Descripción:

Dedicaremos dos días a conocer algunos de los pueblos abandonados que se sitúan en la zona conocida como Tierra de Sepúlveda, pueblos cubiertos por el olvido y rodeados de silencio.

Como telón de fondo uno de los parajes más espectaculares de la provincia de Segovia: el Parque Natural de las Hoces del Duratón, donde el mencionado río ha excavado con el transcurrir del tiempo una gran herida en la tierra. Una gran colonia de aves rapaces (buitres, alimoches, águilas reales y halcones peregrinos) han encontrado refugio en los altos farallones que acompañan el recorrido del Duratón por estas tierras.

Día 1. La Matilla-Sepúlveda (43 km-670 m)

Iniciamos nuestro recorrido en el pueblo de La Matilla en dirección sur. Tomamos un pequeño sendero (que se puede evitar) para conectar con el Camino del Arenal. Rodamos por una pista ancha y apisonada, desde donde podemos ver las montañas de la Sierra de Guadarrama con su escaso peluquín blanco.

Salida de La Matilla. Guadarrama al fondo

Salida de La Matilla. Guadarrama al fondo

Los campos a nuestro alrededor empiezan a verdear con las últimas lluvias. Cambiamos de orientación para acercarnos al primero de los pueblos abandonados que visitaremos en la zona: La Alameda. Los caminos que nos llevan hasta el pueblo están escoltados por muros de piedra y árboles.

Desvío hacia el pueblo abandonado de La Alameda

Desvío hacia el pueblo abandonado de La Alameda

El pueblo de La Alameda se sitúa en un rincón frondoso a los pies de dos pequeños cerros, La Hiruela y Peña del Águila, y en las proximidades del Arroyo del Arroyal. A la entrada del pueblo nos recibe una fuente de aguas generosas y cristalinas.

Fuente de La Alameda

Fuente de La Alameda

Paseamos por sus calles, hoy silenciosas, y nos acercamos a las extensas dehesas del entorno. Las casas apenas resisten las embestidas del tiempo que con paciencia derrumba los recuerdos.

Las primeras noticias que se tienen de este pueblo se remontan a finales del siglo XVI y era uno de los cinco barrios que formaban el municipio de Orejana. Nunca tuvo mucha población y tan solo cinco solitarias viviendas componían este minúsculo centro urbano. En 1971 quedó definitivamente abandonado, al cerrarse la última casa que permanecía habitada. Su abandono se debió a la falta de luz y agua corriente. Hoy sus viviendas han quedado prisioneras de la vegetación.

Tras deleitarnos del agua fresca de la fuente, abandonamos este rincón para retomar el Camino del Arenal que nos lleva hacia la carretera SG-V-2513. Es una de esas carreteras asfaltadas con escaso mimo y apenas pasa de ser una pista asfaltada. El espacio es casi insuficiente para un coche, pero resulta ideal para la bicicleta. A lo largo de la carretera recorremos dos de los núcleos de población que conforman el municipio de Orejana: El Arenal y Orejanilla.

Poco antes de llegar a Revilla nos detenemos ante la Ermita de San Juan Bautista. Un híbrido difícil de describir. El cemento y las restauraciones realizadas con escaso gusto han ensombrecido este edificio. Se trata de una iglesia románica, cuya construcción se remonta al siglo XII. De época románica conserva la cabecera. El pórtico y la torre son del siglo XVIII. Desde donde estamos solo podemos ver el pórtico, una verja con candado nos impide entrar a ver el edificio.

Dejamos atrás el templo. Durante algunos kilómetros ascendemos por carreteras estrechas y llenas de remiendos. Sin apenas cruzarnos con ningún coche, atravesamos la pequeña localidad de Sanchopedro para, a los pocos cientos de metros, desviarnos por una pista ancha y blanquecina.

Enfrente las montañas canosas. Sobre nuestras cabezas un cielo ceniciento. La temperatura es perfecta. Cada pedalada es un disfrute.

Tomamos el Camino de San Juan, pero nos desviamos para ir hacia el siguiente de los pueblos abandonados: Matandrino. El trazado pierde nitidez hasta que nos vemos rodeados por zarzas y dos sólidos muros. Nos vemos obligados a bajarnos de las bicis. Es un tramo muy corto, pero incómodo. En apenas cien metros conectamos con otra pista. La experiencia ha dejado algún arañazo por el camino y algún agujero en la camiseta.

En las proximidades del pueblo el olor del ganado se hace presente de forma densa. Los primeros esqueletos aparecen ante nosotros, sin fuerza y lánguidos. Hemos llegado a Matandrino.

Este despoblado se localiza muy cerca del pueblo de Prádena, en la vega que forma el Arroyo Matajudíos. Las primeras noticias de este pueblo se remontan al siglo XV. En el siglo XIX contaba con siete casas y nueve fue el máximo de viviendas que llegaron a  estar habitadas. En 1950 apenas la habitaban cuarenta vecinos.Dependían de Prádena para los principales servicios: escuela, médico o cementerio.

Como en tantas otras localidades los vecinos terminarían por abandonar sus casas ante la falta de agua corriente, luz y las malas comunicaciones. En los primeros años de los años sesenta los pocos vecinos que quedaban decidieron partir en busca de mejores condiciones de vida.

Pasear por sus calles resulta inquietante. Donde hubo vida ahora solo queda silencio. Las casas van cediendo al empuje del viento y la erosión del agua. Los fantasmas del pasado son los únicos que ahora pasean por estas calles.

Aún perduran algunos vestigios del pasado de esta pequeña población. Un potro de herrar nos despide a la salida de Matandrino. El sonido de un motor no muy lejano nos indica que, al menos, las tierras de secano que rodean a esta población se siguen trabajando.

Dejamos atrás los silencios. Nos dirigimos hacia Prádena. Llegamos a esta localidad tras una corta pero fuerte subida que nos permite dejar a nuestros pies las vegas en las que se sitúa Matandrino.

Tras un pequeño descanso, dejamos Prádena por la carretera. Tras tres kilómetros de ligera subida nos desviamos por una pista que en el mapa viene indicada como Camino de Prádena. Lo que debía ser una pista se convierte en un estrecho sendero apenas visible. Se abre camino entre muros y vallas,por una senda poco evidente.

Tenemos que superar un par de cierres para el ganado. El sendero serpentea paralelo a un pequeño arroyo. La vegetación apenas deja espacio para el tránsito y en algún punto nos vemos obligados a empujar las bicis.

Tras superar este pequeño tramo, reaparece ante nosotros un camino más marcado. Nos montamos de nuevo en las bicis y disfrutamos de la naturaleza y la tranquilidad que nos rodea. Un corto descenso nos lleva hasta las ruidosas aguas del Río San Juan y el Molino del salado instalado en su orilla.

Las aguas del río las salvamos por un puente de cemento encajonado en este angosto lugar.

Ascendemos de nuevo para abandonar el barranco que encajona y limita el río San Juan. Ahora seguimos amplias pistas. Rodeados de sabinas, ganamos altura. Rodeamos el pueblo de La Ventosilla.

En el camino nos encontramos a un hombre que nos saluda. Va acompañado de un perro de tan solo seis meses que se vuelve loco con las bicicletas. El hombre se para a hablar con nosotros. La gente ya no saluda, nos dice, ya no se paran a hablar con nadie. Va a buscar leña. Su atuendo es peculiar: una chaqueta roída y unos guantes de nieve, todo ello decorado con una gorra anarajanda.

Al cabo de unos quince minutos nos dice que hace años grabó un disco y que el propio Plácido Domingo le ha llamado para que vaya a Madrid. Apunto su nombre: Beni Berna (cuando llegamos a casa lo buscamos y, efectivamente, ahí está: una carátula con un rostro joven de rasgos inconfundibles). Nos despedimos de él con afecto y nos agradece los minutos de charla. Estas pequeñas cosas son las que hacen un viaje diferente.

Salimos a la carretera SG-V-2344 que seguiremos durante bastantes kilómetros hasta Perorrubio. El paisaje ha cambiado de forma radical. Los barrancos son sustituidos por ligeras ondulaciones. Nos adentramos en amplios terrenos de cultivo. Los árboles han desaparecido.

En Perorrubio nos saluda la Iglesia románica de San Pedro. Esta iglesia del siglo XII-XIII presenta un magnífico pórtico en las fachadas sur y oeste.

Apenas paramos unos minutos para contemplar el edificio antes de proseguir. Rodamos por pistas anchas en tierras anodinas y onduladas. A intervalos casi regulares, las suaves curvas nos succionan para volvernos a escupir por suaves pendientes. De repente ante nosotros el camino se adentra en un barranco inesperado. En un principio el camino es ciclable, parece que seguimos el trazado de un antiguo camino.

A los pocos metros el camino desaparece. Iniciamos un fuerte descenso sin camino claro. El terrenos es muy accidentado y el agua a excavado profundos surcos en el terreno que hace imposible ir montados, tenemos que empujar las bicis. Las rocas calizas nos rodean y nos abruman. Los buitres sobrevuelan estas paredes donde encuentran cobijo.

Empujamos durante algunos cientos de metros, pero merece la pena. El entorno nos abruma, quizá más por lo inesperado del lugar. El silencio que nos rodea es sobrecogedor. En las paredes rocosas podemos observar numerosas oquedades, algunas con manchas blanquecinas nos indican los nidos de los buitres, en otros casos son abrigos que parecen promesas de descubrimientos futuros.

El descenso nos lleva a enlazar con el barranco recorrido por el Río Castilla. A su vera una pista que se abre camino a la sombra de un hermoso bosque de ribera ahora raquítico a la espera del renacer de la primavera.

La pista nos lleva hacia la población de Sepúlveda. Para llegar hasta su monumental centro urbano nos enfrentamos a la que resulta ser la peor subida del recorrido. Compensamos el esfuerzo con unos buenos dulces de la zona.

 

Día 2. Sepúlveda-La Matilla (70 km-1100 m)

Tras una noche reparadora y un buen desayuno, iniciamos nuestra segunda jornada con un sol cegador y un viento molesto. Nos adentramos en una pequeña hoz que sigue el curso del Río de la Hoz.

A nuestro paso paredes calizas, características de la zona. Algunos edificios ruinosos que afean el paisaje. En esta zona de sombra la humedad cala hondo y hace frío. El sol empieza a asomar tímido, pero su calor no es suficiente para acallar el temblor de las manos.

Un antiguo puente nos permite superar las aguas del río. Nuestro camino ahora inicia un lento ascenso por el Camino de las Encinas. Burlamos algunas granjas y edificios. El viento nos golpea fuerte, lo llevamos de cara y tiene ganas de pelea. Nuestro pedaleo se hace aún más lento.

Dejamos atrás las tierras agrietadas por las hoces y los barrancos que abren las aguas pacientes de los ríos. Ganamos altura hasta alcanzar los páramos menos amables. A esta altitud, algo más de mil metros, el panorama es pedregoso. Sin apenas vegetación, el paisaje se muestra triste y hostil. Montones de piedras se acumulan a nuestro alrededor dando fe del incansable trabajo de generaciones de agricultores. Nuestra mente navega a tierras sorianas, muy parecidas a los caminos que ahora recorremos.

Urueñas nos recibe silenciosa, apenas vemos a nadie al atravesar sus calles. Iniciamos un recorrido de varios kilómetros por carretera.

Seguimos la SG-241 durante un par de kilómetros. Al desviarnos hacia la SG-V-2415 nos llevamos la desagradable sorpresa (aunque seguro que los vecinos de los pueblos no estarán de acuerdo con esta apreciación) de que han arreglado la carretera. Donde esperábamos encontrar apenas una pista asfaltada nos encontramos una carretera ancha y de sombrío alquitrán negro.

Ahora el viento nos empuja con ímpetu y descendemos a lo largo del Valle de Tabladillo a gran velocidad. A nuestra izquierda se insinúa el Arroyo del Valle tras los árboles que lo delimitan. A nuestra derecha las rocas calizas moteadas de blanco y rojizo.

Llegamos a un amplio valle por el que discurren las aguas del Río Duratón tras superar la presa de Burgomillodo. Apenas disfrutamos de este corto tramo por tierras llanas. Nos desviamos para ganar de nuevo altura. La estrecha carretera, un puzzle de tonos grisáceos, trepa paralela al Arroyo de Covonda. El viento en contra convierte esta subida en una dura batalla.

Anclado a media ascensión encontramos el pueblo de Hinojosas del cerro, de nombre muy apropiado, que marca la disminución de la pendiente. Sin embargo, a medida que ganamos altura el viento se vuelve más inclemente, más guerrero. Nuestro pedaleo se vuelve senil.

En Aldehuelas de Sepúlveda abandonamos el asfalto para seguir por pista. Bailamos con las ondulaciones del terreno y enlazamos con la carretera que sedirige a Villaseca.

Tomamos una pista ancha y de color inmaculado siguiendo las indicaciones de la Ermita de San Frutos. El viento ahora nos favorece y casi volamos sobre el firme bacheado. El elegante vuelo de las aves sobre nuestras cabezas nos indica que nos acercamos a los cortados de las Hoces del Duratón. Nos encontramos el parking atestado de coches. Nosotros seguimos por el camino que desciende a la ermita. Pasamos como podemos entre un tumulto de gente.

La ermita se sitúa en un espectacular paraje en pleno corazón del Parque Natural de las Hoces del Duratón. Se sitúa en un saliente al borde del acantilado, perfilado por el remanso formado por las aguas embalsadas, en el cercano embalse de Burgomillodo.

A la Ermita de San Frutos (o Priorato de San Frutos) se accede a través de un puente de piedra, construido en el siglo XVIII, que salva una profunda grieta conocida como La Cuchillada. Eledificio es una construcción románica del siglo XII, realizada sobre una edificación previa de época visigoda. La fundación se atribuye a San Frutos y sus dos hermanos, Santa Engracia y San Valentín, que vivieron en el siglo VII.

Junto al ábside d la iglesia se localiza una zona con un conjunto de sepulturas antropomorfas, datadas en la Alta Edad Media, utilizadas por los monjes del priorato.

La gran cruz de hierro fue erigida en el año 1900 en conmemoración de una gran peregrinación realizada en ese año a este lugar. Hoy ocupa una situación privilegiada sobre los acantilados del Duratón.

Además de la iglesia, y unidos a ésta, se pueden ver los restos de lo que fue un pequeño monasterio con algunos edificios auxiliares. El conjunto estuvo en uso hasta 1834 cuando los monjes benedictinos, que habían ocupado el priorato desde el siglo XII, tuvieron que abandonarlo debido a la desamortización de Mendizábal.

En la parte trasera, en las proximidades de la iglesia y al borde del precipicio se localizan las tumbas que la tradición adjudican a San Frutos, Santa Engracia y San Valentín. Adosado a ellas se localiza un pequeño cementerio con unas vistas excepcionales.

Tras la visita y aprovechar esta magnífica localización para un pequeño descanso saboreando el vuelo hipnótico de las aves rapaces sobre el desfiladero, iniciamos el retorno. Seguimos el mismo camino. A la fuerte subida se suma el viento en contra que ha ganado fuerza durante nuestro descanso. Hay bastante tráfico en la pista y la polvareda cada vez que pasa un coche se hace molesto. Por fin salimos de nuevo al asfalto de la carretera SG-V-2418.

Al cambiar de orientación el viento ha pasado a favorecernos algo. Iiniciamos un rápido descenso por los meandros de la carretera que nos llevan hasta las aguas del río Duratón, que ahora parece estar omnipresente. Al llegar al puente que salva sus aguas nos desviamos. Dejamos las bicis para acercarnos a la Cueva de los siete altares.

Se trata de un eremitorio visigodo, datado en torno al siglo VII, excavado en la roca a orillas del Río Duratón. Presenta dos espacios diferenciados. Una parte exterior con una hornacina. Y una parte interna donde se distinguen diversas hornacinas decoradas con motivos geométricos y en las que se han localizado restos de pintura.

En la actualidad la entrada a la cueva se encuentra cerrada por una verja, pero es posible diferenciar algunas de las hornacinas (o altares) de su interior.

Según se indica en el cartel informativo a la entrada de la cueva, hay varios eremitorios a lo largo del curso del Duratón, pero no se identifican las localizaciones.

Tras deleitarnos con esta pequeña joya arqueológica, retomamos la carretera ahora en compañía del río San Juan, tributario del Duratón. A un par de kilómetros nos encontramos con el siguiente de los pueblos abandonados del recorrido: San Miguel de Neguera.

El pueblo se localiza en la ribera del río San Juan y en el mismo margen de la carretera. Su historia parece remontarse al siglo XI. En el siglo XVI construyó aquí D. Diego González de Sepúlveda una casa solariega, cuyos ruinosos vestigios se han intentando consolidar. En la fachada aún se puede ver entre los hierros que intentan detener su derrumbe el escudo.

Junto con la casa solariega mencionada, el mayor de los edificios conservados es el molino, aunque el tiempo lo dejará irreconocible si nada ni nadie lo impide.

Desde el pueblo intentamos continuar por la pista que sigue el río. Cuando llevamos un kilómetro la senda se pierde y decidimos dar media vuelta. Probamos por el margen contrario, queremos seguir el cañón que se intuye entre las rocas. Para ello retrocedemos hasta el puente y tomamos una pista que se adentra en el barranco del río san Juan.

La pista es de buen firme. La piedra caliza no tarda en hacer su aparición para decorar nuestra travesía.

La arboleda, los farallones rocosos, el sonido melódico del agua y el ulular del viento llenan de sensaciones nuestro recorrido. Pedaleamos en silencio en un intento de no romper el frágil equilibrio del momento. Solo el roce de nuestras ruedas con la tierra crean una pequeña distorsión apenas perceptible.

La pista se diluye y termina perdiéndose. Avanzamos por un sendero estrecho. En un tramo corto, de apenas unas decenas de metros, nos vemos obligados a echar el pie a tierra para salvar algún saliente rocoso. El ambiente, la paz y la belleza compensan con creces todos nuestros esfuerzos.

No tardamos en enlazar de nuevo con una pista. Volvemos a avanzar rápido. La belleza del lugar nos deja mudos. A nuestros pies acróbaticos vuelos proyectan sus sombras. No nos cruzamos a nadie, ni a pie ni en bici. Toda esta maravilla la disfrutamos solos, es toda nuestra, aunque sea prestada por un breve espacio de tiempo.

El camino se adentra en las aguas del río. Nos encontramos con un vado. Ayudados de un tronco en frágil equilibrio conseguimos pasar sin mojarnos. Pero nuestro esfuerzo es inútil. Tenemos que vadear el río en otras cuatro ocasiones y ahora, sin ninguna ayuda, nos mojamos hasta las pantorrillas. El agua está helada y ni tan siquiera el sol es capaz de volver a atemperar nuestras extremidades.

Con los pies húmedos abandonamos el curso del río San Juan por una pista empinada y pedregosa que asciende por la ladera de los Peñascones. En la parte superior se produce la radical sustitución de la naturaleza por interminables campos de labor. Las pistas dibujan perezosas las ondulaciones del terreno.

Atravesamos la carretera SG-205 para seguir por asfalto hacia Aldealafuente. Esta población, también abandonada, presenta un aspecto afeado por la suciedad y los plásticos que se extienden por doquier. Es un barrio del cercano pueblo de San Pedro de Gaillos que sufrió la emigración masiva de sus habitantes en los años sesenta. En 1976 se marchó la última familia que permanecía aferrada en la localidad y quedó definitivamente muerta.

Abandonamos la población para dirigirnos a la cercana población de Aldearraso (también lo hemos visto escrito como Aldea Raso). Otro de los numerosos pueblos abandonados de estas tierras.

Apenas unos pocos esqueletos nos reciben a nuestra llegada. Las vigas podridas han quedado desperdigadas y descansan en las estancias que antes ocuparon los vecinos. Permanece silenciosa en medio de extensos campos de labor a la espera del derrumbe definitivo.

Cerca de Aldearraso se encuentra la población abandonada de La Ventosilla. Nosotros nos desviamos para entrar en el pueblo de San Pedro de Gaíllos por pistas onduladas. Un último moribundo nos sale al encuentro: la ermita de Santiago de la que apenas queda en pie una pared.

Finalizamos en el mismo punto que iniciamos este recorrido del abandono y el olvido, en La Matilla. Han quedado pendientes algunas puntos interesantes y pueblos abandonados por visitar, entre ellos La Ventosilla, que prometen nuevas y apasionantes rutas por la zona.

Recorrido

Información práctica

Bibliografía

  • ALONSO, PILAR; GIL, ALBERTO. Pueblos abandonados. Editorial Susaeta.

 

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